Los caudillos – Por Juan Manuel Sepúlveda (El Sol de Hidalgo)

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Pachuca, Hidalgo.- Analizando las diferentes etapas de nuestra historia, podemos destacar como una constante, la influencia determinante que en el desarrollo y destino final de las mismas, han tenido personajes a los que les hemos conferido el carácter de caudillos.
Por esta particular actitud, nuestros anhelos, demandas e incluso nuestras responsabilidades, se las transferimos a entes individuales, a quienes simple y cómodamente les atribuimos la capacidad de alcanzar en beneficio de todos nosotros, las metas que racional o incluso a veces irracionalmente anhelamos.
¡Ahora sí, este Presidente de la República acabará con la corrupción!
¡Ahora sí, este Gobernador sacará adelante a nuestro estado!
¡Ahora sí, este Presidente Municipal, por fin, pondrá en orden a nuestro municipio!
Y una vez que hemos depositado nuestra esperanza en estos individuos, cómodamente nos sentamos a esperar a que el milagro ocurra.
¡Pero invariablemente, el milagro no ocurre!
Y toda nuestra esperanza se derrumba, la alegría se convierte en enojo y después de un juicio simplista mudamos al caudillo del pedestal a la hoguera.
Pero invariablemente, una y otra vez después de los consabidos reproches y después de aplicar la fórmula filosófica del “borrón y cuenta nueva” nos sentamos a esperar el surgimiento de otro personaje, a quien podamos encomendar nuestra esperanza.
Sin embargo, me resisto a aceptar que como sociedad estemos condenados a quedar eternamente atrapados en este círculo perverso, yo creo que los ciudadanos estamos obligados a detenernos a reflexionar sobre este tema y contestarnos algunas cuestiones que desde mi punto de vista resultan fundamentales.
¿Es válido pensar que un solo personaje puede cambiar el rumbo de un país, o al menos de un municipio?
¿Cuándo depositamos toda nuestra confianza en el líder, el candidato o el gobernante, lo hacemos verdaderamente convencidos de que este tiene la capacidad y la oportunidad para cumplir con las tareas que le estamos encomendando o simplemente lo hacemos para trasladar cómodamente nuestras responsabilidades a otro, aún a sabiendas que ese otro por sí solo no podrá cumplirlas?
¿En verdad creemos que el tener a quien culpar de nuestros males sociales, nos exime de nuestra responsabilidad como ciudadanos?
Yo estoy convencido de que los ciudadanos que el México de hoy requiere, debemos asumir nuestras obligaciones como titulares originales del poder público, adoptando una actitud de mucho mayor compromiso social, no solamente interviniendo responsablemente en la elección de nuestros gobernantes, que no se circunscribe únicamente a depositar un voto sino además participar cotidianamente en la vida pública, que por ser pública, no es exclusiva de los políticos, como de manera errónea y comodina la hemos interpretado.
Los ciudadanos que la nación requiere, tienen que tomar posesión inmediata de los espacios de poder que tienen, opinando sobre todos los temas que van más allá de lo estrictamente personal, rescatando a la “opinión pública” del secuestro a que la tienen sometida las cúpulas del poder ilegítimo, que no se conforme con tener sólo el valor de un voto, sino que se mantenga en contacto permanente con sus autoridades y sus representantes para hacerles llegar sus opiniones, demandas y evaluaciones.
Muchas son las vías que como ciudadanos tenemos a nuestro alcance para ejercer nuestro poder, que aun cuando no son fáciles, tampoco son imposibles y si nos decidimos a utilizarlas ya no tendremos que esperar más a que las autoridades “nos salgan buenas”, estaremos a través de nuestra participación, asegurando que lo sean.
Ningún gobierno puede combatir la corrupción eficazmente, si tiene que enfrentase también con un ejército de ciudadanos ofreciendo dinero a los servidores públicos, para poder violar la ley o al menos darle la vuelta a su cumplimiento.
Como podría algún gobierno abatir el índice de delitos vinculados con la violencia, si desde el seno familiar y a través de los medios de comunicación masiva estamos enseñando a nuestros hijos que los valores son un estorbo, y que la discriminación, la violencia y la intolerancia forman parte de la normalidad de la vida cotidiana.

Por Juan Manuel Sepúlveda, El Sol de Hidalgo

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